En una cárcel, hay tres reclusos, A, B y C que han tenido buena conducta. El alcaide de la prisión quiere premiarlos con la libertad. Para ello, los reúne y les dice:
Aquí veis 5 sombreros, dos negros y tres blancos. Voy a elegir tres de ellos sin que sepáis cuáles escojo y se os pondrá en una habitaición aislada de manera que no podréis saber de qué color es vuestro sombrero. Luego os reuniré aquí y podréis ver solamente los sombreros de vuestros compañeros.
Yo voy a preguntar a cada uno, por orden, de qué color es el sombrero que lleva y él podrá responder un color pero ha de justificar la respuesta; no vale adivinar el color. Si no sabe de qué color es el sombrero deberá pasar y yo preguntaré al siguiente. Si alguien dice un color y no puede justificarlo volveréis a prisión. Si nadie dice nada, también volveréis a las celdas.
Únicamente si alguien consigue saber de qué color es su sombrero justificadamente quedaréis los tres en libertad.
El alcaide separó a los presos y le puso, para que no hubiera favoritismos, un sombrero blanco a cada uno. Luego los reunió y los presos miraron los sombreros de los otros y se pusieron nerviosos al ver que eran blancos. El alcaide preguntó al primer recluso, que tuvo que pasar. El recluso B tuvo que pasar también. El alcaide preguntó a C:
―¿De qué color es tu sombrero?
C, que era matemático, se quedó pensando mientras aumentaba la tensión. Después de unos minutos interminables dijo: Mi sombrero es blanco. Los otros presos abrieron los ojos (y la boca) y se quedaron mudos. Había acertado pero, ¿podría justificarlo? El alcaide dijo seriamente: Justifícalo. Y C dio un argumento razonado que probaba que su sombrero debía ser blanco. Por lo tanto, A, B y C quedaron libres.
¿Cómo podía saber C que su sombrero era blanco?
¡Feliz puente a todos!